sábado, 14 de julio de 2012

"COMO UNA GOTA FUI DE LA MAREA"


Hace unos meses vi una película con Mel Gibson. No la había visto antes. Y no es nueva. Gibson está bastante joven todavía. La cara de loco, los ojos saltones, el verbo torrencial que arrastra palabras masculladas al desgano; todos esos rasgos y gestos, que hoy son su marca registrada, dan la impresión de estar siendo apenas estrenados. Si no estoy mal, en esa película también sale Julia Roberts. Pero ella no importa.

Mel es un cocinero, o taxista, no me acuerdo bien (me parece que lo confundo con De Niro en Taxi Driver). El caso es que, sea cual fuere su oficio, él padece una extraña compulsión: toda vez que encuentra un ejemplar de Catcher in the rye, la novela de culto de J. D. Salinger, tiene que comprarlo. Así se caiga el cielo, tiene que comprarlo. Así no le quede dinero ni para comer, tiene que comprarlo. Y por eso en su casa hay cientos y cientos de ejemplares de ese libro. Sobre el sofá, en los estantes para víveres, dentro de la lavadora, bajo su cama, entre la ropa sucia. Cientos, literalmente.

No sabemos para qué los compra. Únicamente sabemos lo que en un instante clave de la película Mel confiesa en primer plano: así como algunas mujeres no pueden festejar el Año Nuevo si no llevan bragas rojas, él sufre la imperiosa necesidad de adquirir cada ejemplar de Catcher in the rye que se cruce en su camino. No es que salga deliberadamente a comprar copias de esa novela. No. La compulsión funciona al arbitrio del azar. Si Gibson va por ahí y ve un ejemplar, en una parada del metro, pongamos por caso, o en una tienda de barrio, o cerca de la caja registradora de un supermercado, entre condones fosforescentes y navajas de afeitar a mitad de precio, no puede hacerse el tonto y seguir su camino como si no pasara nada: debe adquirir ese ejemplar. Si no lo hace, el delgado hilo que sostiene el precario equilibrio del mundo puede reventarse y eso fue todo, chau, no va más, “hasta la vista, baby”.

A veces compra cuatro o cinco libros en un mismo día. Otras, pasa meses y meses sin adquirir un solo ejemplar. No se trata, pues, de una excéntrica manía coleccionista. No es que él busque ediciones raras, de circulación limitada (que sólo algunos pervertidos fetichistas del texto impreso pueden adquirir). No son pocas las veces que ha comprado sus Catchers en insomnes librerías de viejo, cerca de la madrugada. Ejemplares desvencijados, con dedicatorias de todo calibre y páginas cortadas y párrafos subrayados y pétalos marchitos intercalados como señaladores aquí y allá. No, eso no le importa. En lo más mínimo. Basta que sea Catcher in the rye: él siente que debe poseer cada ejemplar que el azar le ponga en frente. Sin dilación. La palabra clave, me parece, es poseer. Poseer lo inapresable, claro está, ya que ¿cómo podría nunca nadie poseer Catcher in the rye?

Ese detalle, insólito, delirante, sutilísimo, es, por varias cabezas, lo mejor del film. Y es una verdadera pena que el director no nos haya regalado una escena en la que podamos observar cómo reacciona Mel Gibson cuando el paisaje de su cotidianidad neoyorquina es despedazado, hecho añicos, por la epifánica irrupción de un ejemplar de Catcher in the rye entre todo el gris.
Tal vez sea mejor así. Tal vez de ese modo podemos imaginar la inexistente escena como más nos guste, a salvo de las amenazas de la chata realidad.

La noche que vi la película de Gibson me acompañaban unos amigos. Fue una noche de pizza, vinos y charla hasta tarde, rumiando los típicos chismes de latinos perdidos en Londres, sobre las cosas que pasan, las que no pasan, las que ya nunca pasarán. Esa misma noche me llamó la atención que a todos los presentes el personaje de Gibson les resultara cómico, patético. Cuando no directamente idiota. O borde. Incluso hubo uno que opinó, muy orondo, que el personaje de Mel era “imposible”. Yo no dije nada. No tenía sentido. En esos momentos, al escuchar sus insistentes, descoloridas, invectivas, descubrí, sin sorpresa, que yo me sentía más cerca de aquel personaje de Mel Gibson que de todos y cada uno de mis amigos. Supongo que lo que sentí no fue muy distinto que aquello que Mel experimentaba cada vez que el azar ponía en sus manos un nuevo ejemplar de su novela fetiche. Supongo.
Vaya uno a saber.

***

Datos, trazos sobre papel sepia, la vida del otro que fui. Vidas de esos otros que fui y cada tanto vuelven a vivir en mí. 1980. La Habana. Luego de varios años de zozobra, me contratan en EGREM como ingeniero de sonido. Venía bien recomendado. Pronto escalé posiciones y cuando vine a darme cuenta era uno de los más solicitados técnicos de grabación del país. Fines de 1981. Verano infernal. Muere mi padre. Su muerte, escala final de una larga y penosa enfermedad, no fue sorpresiva y tal vez por ello no me afectó en gran medida. O al menos así lo sentí las primeras semanas. Poco a poco, sin embargo, la sensación de pérdida fue creciendo hasta que llegó un punto en que esa ausencia lo inundaba todo. Como si antes yo hubiese estado bajo shock y me hubiese inmunizado, blindado, ante el espanto. 1982. Primeras semanas del año. Yo acabo de mezclar y producir el disco más importante de toda la carrera de Gonzalito Rubalcaba. Me llueven elogios de todos lados. Incluso del exterior. Si hasta me dedicaron todo un número en la máxima revista de jazz del mundo; pero, ironías de la vida, de esto me enteré mucho más tarde, recién cuando Ry Cooder vino a la isla a hacer su documental sobre el club Buena Vista (1). A mi viejo le habría gustado ver mi nombre en la portada de esa revista. Vaya que sí. En esas maromas ocupaba yo mis horas, y un día viene Frank Fernández junto al notable pianista y compositor José María Vitier y ambos me entregan las maquetas del nuevo trabajo de Silvio Rodríguez. El álbum saldría ese mismo año, 1982, bajo el título Unicornio.

Muchas cosas habrían de pasar entre el día que recibo aquellas maquetas y el día feliz en que al fin recibimos la primera copia grabada en vinilo, con el arte final de tapa y todos los detalles del caso. Muchas cosas habrían de pasar entre el día que recibo las maquetas y esta noche, leve, londinense, propicia al danzar de los duendes de la memoria.

Recibí las maquetas con desgano. Y como no había apuro (estábamos enfrentando -una vez más- una crisis colosal), las dejé por ahí, como quien espera que el ánimo mejore, que la luna brille con más intensidad. Lo que es decir: como quien espera que venga otro a hacerse cargo del saco de ladrillos. Es que Silvio nunca me gustó. Su voz, tan precaria, tan rústica, tan poco entrenada. Su forma de tocar la guitarra, tan frankensteiniana (lo dice él mismo, sin rubores). Y sus letras, por Yemanyá, si no las entiende ni él. De modo que dejé esos inoportunos demos por ahí, convenientemente olvidados. Mentiría si digo que había comprado algún disco suyo antes de Unicornio. Tal vez había más de una cinta en mi departamento, o en casa de mis padres, pero de seguro no eran mías. De mis hermanos menores, quizás, que siempre le siguieron la huella de cerca.

Al cabo de unas semanas, el director de la orquesta de EGREM vino a preguntar por el estado del trabajo. Que en cuántas pistas se iba a grabar, que si los metales no reverberaban, que si sería necesario re-grabar alguna parte, que esto, que lo otro. Era la primera vez que ellos trabajaban con Silvio y se salían de la vaina por escuchar el disco de una buena vez.

Silvio ya era una leyenda viva, incluso entonces, cuarto de siglo atrás. Recluso, malhumorado, dado a desplantes duros de tragar para su público, pero uno de nuestros genios vivientes. Trabajar con él, para cualquier músico de la isla, era el equivalente a retocarle la barba al Comandante en Jefe para un aprendiz de peluquero.

No tuve más remedio que escuchar esas maquetas del demonio y tratar de empezar a trabajar en lo que sería el disco. No podía permitir que por un capricho mío se perjudicaran tantos compañeros. De eso se trata ser profesional: dar lo mejor que tienes aun si no te gusta el material en el que trabajas. Nunca entendí lo que pasó. Ni cómo pasó, ni cuándo pasó. Y vaya si habré pensado en ello. Terminé de escuchar esas cintas y súbitamente algo oscuro, sin nombre, sin rumor, me golpeó muy hondo. Tan simple como eso. Decirlo es fácil, en todo caso. Pero una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa. Y una rosa es una rosa es una rosa es una rosa.

A los vinilos había que pensarlos como una obra de teatro en dos actos. Las generaciones nacidas bajo la tiranía del CD no entienden nada de esto, ya que el CD convierte en maratón algo que fue estructurado para carrera de relevos. Y por eso hay muchos discos que como vinilos son obras maestras, pero que en CD se caen un poco bastante. The dark side of the moon, de Pink Floyd, por ejemplo, no se puede apreciar en toda su gloria en CD. Y ni hablemos de los niveles de sonido que la transferencia digital ignora. Eso es otra charla.
Hay una razón, una apuesta estética, para que X canción vaya de número 1 y otra razón (o la misma) para que Z canción vaya de número 7. La canción de cierre es tan importante como la de apertura, si no lo es más. Si la canción de apertura es el ataque comando que te golpea la cara como un puntapié de abejas, la canción final da forma definitiva a la presencia espectral que continúa con nosotros cuando el disco ha dejado de sonar.

Más allá de las demandas técnicas, en el proceso de post-producción se trata de alcanzar un balance. Una atmósfera. Este detalle marca la diferencia entre los discos bien producidos y los otros. Es allí donde entra en escena la pericia (simbiosis de intuición y experiencia) del técnico de grabación, del jefe de producción. No existen fórmulas generales, con cada nuevo proyecto se empieza siempre desde cero. Es una tarea muy delicada. Tengo entendido que hoy por hoy Silvio lo supervisa todo personalmente, sin delegar nada a nadie. Hace bien, supongo.

Yo mezclé, ecualicé y remastericé el disco. Jerzy Belc supervisó mi trabajo y acaparó los laureles. Nunca pude hablar con Silvio durante aquel verano. Estaba de gira, me dijeron. De todos modos, siempre estuvo claro, fuera de discusión, que el disco debería abrir con “Por quien merece amor”. No estoy seguro, hasta hoy, de que “La primera mentira” (canción a la que yo llamo “La mosca en la sopa”) pertenezca allí, en ese disco, ni en ese lugar del lado B; la peleé hasta lo último, pero Jerzy y Vitier no quisieron escuchar mis alegatos. Excepto ésta, todas las otras canciones ocupan un preciso lugar en la arquitectura de ese diamante inasible y perpetuo (o perpetuamente inasible) que es Unicornio.

Originalmente, las pistas tenían un orden totalmente distinto a la secuencia que finalmente le dimos al disco. El orden, si había alguno, era el de la cronología de sesiones de grabación, en el estudio. Para entrar en materia, escuché un par de canciones elegidas a ciegas entre las cajas repletas de cintas. Sin darme cuenta, contra todo pronóstico, instantáneamente empecé a sentir respeto por ese inmenso duende. Un respeto inédito que me brotaba de los cojones. No sólo que Silvio Rodríguez había llegado mucho más lejos que toda la Nueva Trova, sino que había logrado superar incluso a Silvio Rodríguez (hazaña casi olímpica si se tiene en cuenta que este tímido músico había lanzado previamente los discos Mujeres y Días y flores). Apenas luego sucedió que no pude dejar de escuchar esas canciones. Hora tras hora, día tras día, por un par de semanas no hice más que dejarme absorber por el nuevo trabajo. De más de una manera, esa música virgen existía solamente para mí. No lo comenté con nadie. Ni siquiera con mi pareja de entonces, una rematada loca por Silvio de toda la vida. Me sentía sobrepasado por la belleza del disco, su ternura dolorida, su poesía radiante y sin alardes. Y, sobre todo, por mi misión ante la Historia. De pronto, por una carambola de azares durante el bostezo de una supernova, yo era un elegido.

Y sin embargo, sin embargo, algo no cuajaba. Había un mínimo detalle, escondido en algún lugar de esas maquetas, que arruinaba todo el disco. Había un punto de fuga, en alguna parte, que traicionaba la rabiosamente dulce entrega de Silvio.

Más escuchaba el disco y más me hería ese defecto, esa falta. No podía permitir que Unicornio saliera al mundo en tales condiciones. Pensé que jugando con el orden de las canciones lograría restablecer esa unidad malograda, ese utópico estado óptimo, inmejorable, de la obra. Todo fue en vano. “Se te van a secar los sesos de tanto escuchar esas cintas de mierda”, me decía mi pareja, ignorante de todo, en noches y noches de sexo postergado por culpa de mi oscura obsesión. Se trataba de cuidar mi lugar en la Historia. Las mujeres podían esperar.

***

Una noche trivial, luego de atiborrarnos de helado en Coppelia (casi siempre estaba cerrado, así que tenías que aprovechar cuando por milagro abrían), caminando por Trocadero de regreso a casa, una idea vino a mi mente y descubrí dónde coños estaba el maldito error que estropeaba esa obra casi perfecta, ese cristalino destilado de “arte en su edad”. Distraída, ella había hecho un comentario, no recuerdo a santo de qué, sobre los 18 segundos que la luz del Sol tarda en llegar a la Tierra. Yo debo haber saltado con alguna tontería, a lo que ella replicó, juguetona, que si fueran 25 o 30 segundos todos llegaríamos tarde al trabajo. Que esos 18 segundos exactos mantenían el equilibrio del mundo tal como lo conocemos. Esa tontería, esa nada de amantes paseando bajo la perezosa luna de los trópicos, fue todo lo que necesitó mi esmirriada imaginación para incendiarse. Fue como despertar de un letargo de siglos.

No recuerdo bien qué pasó inmediatamente después. Todo luce tan lejano y difuminado ahora… Tal vez dejé a mi pareja en mitad de la calle y corrí, sucio y feliz, hacia mi consola, mis equipos de grabación. O acaso sonreí para mis adentros y me la llevé a una de las playas que nos están prohibidas nomás por el delito de ser cubanos y, sin importarme nada de los servicios represivos, le hice el amor toda la noche. Todo pudo haber pasado. Cuando descubrió su principio de hidráulica, mientras se bañaba en una tina, Arquímedes salió por las calles desnudo y a los gritos de “eureka, eureka”, ¿verdad?

Todo el problema de ese disco estaba en la canción “Unicornio”.
Específicamente: en el estribillo.
Más precisamente: al cierre del estribillo.

Nadie ignora que el clímax de la canción ocurre cuando Silvio canta “Se me ha perdido ayer”, hace una pausa y concluye, casi en un hilo de voz, susurrando “Se fue”. Bueno, ejem, que estaba mal. Totalmente mal. Impajaritablemente mal. MAL. Súperarchirrecontramal. No notan ahora lo defectuosa que era la maqueta porque yo llegué antes y pude salvar el disco de la debacle más rotunda; pero en el verano de 1982, apenas horas antes de entrar a prensado, el disco Unicornio de Silvio Rodríguez caminaba a tientas por los desfiladeros del fracaso absoluto.

Un compositor de pocas luces (un Arjona, un Milanés, un José Vélez), habría cantado “Se me ha perdido ayer”, hecho una pausa y luego rematado la estrofa repitiendo las sílabas finales de la frase anterior. Un compositor menor no habría sentido la necesidad poética, cósmica, de ese “Se fue”. Silvio Rodríguez es diferente, es un artista que ha sido tocado por Las Gracias. Silvio intuyó que no podía caer en la torpeza conceptual de hacerse eco a sí mismo. No en esta canción, al menos. Observen cómo Silvio se hunde para extraer de los laberintos de su dolor aquel “Se fue” insustituible. Luego de ese adiós, humilde, impecable, el lenguaje no alcanza para nada. Por ello, el descenso al olvido que sigue a esta frase es acompañado por un tralaleo. Silvio deja ir esa presencia irrecuperable balbuceando una forma anterior al lenguaje articulado como quien arroja una flor sobre el ataúd alojado en el fondo del foso antes de que caiga la primera palada de tierra.

En ese momento de la canción, “Se fue” verbaliza el instante de aceptación de la pérdida inconmensurable. Se siente más el poder de esta despedida en las grabaciones en vivo, cuando la gente se pliega a la voz de Silvio y pronuncia el adiós redentor en trance de purificación colectiva. Nótese que jamás la gente se une a Silvio en otro lugar de la canción. Jamás. Esa es la explicación: la elaboración mágica del duelo y la aceptación final de la pérdida innombrable condensadas en dos monosílabos. Había perdido a mi padre, no lograba hacerme a la idea de habitar este mundo sin él; todo ello tiene que haber actuado allí, todo ello tiene que haber afilado mis intuiciones.

***

¿Se oye el silencio? Para que ese “Se fue” lograse impactar con toda su intrínseca potencia poética, consideré necesario que en la geografía emocional del oyente se creara previamente un lugar adecuado para brindar residencia y cobijo a ese adiós inefable. Puesto que no podía contactar a Silvio, tuve que arreglármelas yo solo.

El demo que me entregaron tenía una duración exacta de cinco minutos y ocho segundos. Aislé el estribillo, lo estudié, lo cronometré repetidas veces. Al cabo de varias horas de analizar el fragmento al derecho y al revés, todas mis vacilaciones se habían esfumado. Era imposible que la canción lograra llegar a ese lugar de la emoción si el umbral de silencio emplazado entre las frases “Se me ha perdido ayer” y “Se fue” era mantenido tal y como estaba registrado en aquellas maquetas. Apenas dos segundos. ¡Dos segundos! No, no, mil veces no. No era suficiente. No podía entender cómo Silvio Rodríguez no había advertido un error tan grueso. Este bache no era producto de un descuido. Dos segundos marcan tan solo una pausa en la respiración. Dos segundos no transportan sentido, no alcanzan tampoco a crear silencio.

Decidí que entre esos dos segundos inanes, torpes, accidentales, yo añadiría un segundo. No un segundo más, un segundo cualquiera, sino el segundo preciso, el segundo esencial, el segundo del que dependía el éxito de Unicornio en su totalidad.

En atención a las reverberaciones de la voz y de la orquesta, no podía añadir este segundo al comienzo de la pausa, tampoco al final. Tenía que insertar este segundo prístino, inmaculado, diamantino, en el centro de la pausa. Al hacer esto, desaparecía la pausa y surgía un puente de tres segundos de duración.
Todo cambió como por encanto.

Burbuja que encierra el aire dentro del aire, pulso titilante en el que caben insospechados mundos, dique de nada, mi segundo es una pizca de silencio de laboratorio. Un segundo de ingeniería. Es un segundo de una perfección casi inconcebible. Mi segundo es un instante preñado de intención, caído por su propio peso. Mi segundo es un latido inflamado de causalidad. No es un instante inhabitado. Es mucho más que cien centésimas de tiempo humano condensadas en un átomo de vacío. Si el átomo de tiempo existe, mi segundo es ese átomo.

Ese segundo que yo concebí en el verano de 1982 condensa todo el arte de Silvio Rodríguez hasta ese momento y define, de hecho, la música que el trovador nos regalaría en lo sucesivo. Ese segundo, en fin, justifica mi vida.

¿Es el silencio una de las formas de la nada? Puesto que el estribillo de “Unicornio” es cantado dos veces, sin variaciones, mi segundo también se repite. Es el mismo segundo y no lo es. ¿Se copia el silencio a sí mismo? Para la edición definitiva del disco, elegí el mejor estribillo de todos los que había masterizado y lo copié dos veces. Son idénticos. Cualquier oyente lo sabe.

¿Se puede oír el silencio? Al cerrar el mensaje de la contraportada del vinilo, Silvio escribió: “Es extraño, pero alguna gente ve cosas donde no las hay, o lo que es peor: no pueden ver las cosas que ciertamente existen”. Doy fe. A veces oímos cosas donde no hay nada. Y a veces no oímos verdades que se manifiestan a los gritos. Y a veces oímos cosas que deberían estar allí donde no alcanzamos a escuchar nada. Ni siquiera el silencio. ¿Es el silencio una de las formas del ser?

La versión definitiva de “Unicornio” dura cinco minutos y nueve segundos. Vale decir, trescientos nueve segundos. Y si bien ninguno de esos segundos es igual a otro, mi segundo brilla con luz elegida: es inconfundible. Para decirlo con Vallejo, mi segundo aturde con su “estruendo mudo”.

Silvio mismo ha confesado, en innúmeras entrevistas, cosas como: “Algo pasó esa vez en el estudio, con los muchachos de la orquesta de EGREM. Un ángel entró, batió las alas y operó una magia elevada, una suerte de milagro. Hubo algo que hizo algo. Lo cierto es que nunca he podido reproducir lo que hay en el disco. Ni por un tantito así. Siempre que canté “Unicornio” en algún concierto, acabé con esa sensación extraña de no haber logrado establecer con el ángel una comunicación siquiera similar a la de aquella remota mañana de 1982. Brutal desolación. Desamparo. No se puede explicar. Por eso prefiero no cantarla”. (2)

Gracias Silvio por lo de ángel. Y perdón, pero te equivocas: no fue en el estudio de grabación, sino durante post-producción; tampoco ocurrió de mañana sino bastante tarde en la noche, de madrugada; y no hubo un gran grupo de gente, no, qué va, estaba yo solo, solito y mi alma, cuando ocurrió aquello que tú, gnomo ingenuo, denominas “una suerte de milagro”.

No soy víctima de la pedantería de la modestia, por ello puedo afirmar que lo que hay de mágico en el disco es muy difícil de encontrar en posteriores versiones de “Unicornio”. Muchas de estas copias son piratas, defectuosas en sonido. Silvio se acompaña con la guitarra o con ruidosos grupos circunstanciales. La versión con piano solista de Chile 90 es notable, pero por distintas razones: sospecho que los sentimientos que esa noche estremecían los cimientos del Estadio Nacional levantaron la canción hasta hacerla llegar a las galaxias más lejanas.

***

Los días siguientes al lanzamiento oficial del disco fueron los más jubilosos de toda mi vida. De lejos. Un sentimiento de propósito, de sentido vital, inflamaba mi pecho. Tiempo después, a fines de 1984, recibí una invitación para irme a trabajar en el Reino Unido y la acepté sin pensarlo mucho. Nada me ataba a Cuba en lo inmediato. Necesitaba tomar distancia. Por lo demás, si la nostalgia me doblegaba, siempre podía volver a EGREM. Un par de días antes del viaje hubo una cena de despedida. Concluidas las formalidades, nos fuimos a seguir bebiendo a casa de uno de mis amigos más antiguos. En algún momento de la madrugada, luego de ser masacrado con sones y boleros durante horas sin término, me dirigí hacia el estante donde mi amigo guardaba sus discos, sabiendo que él tenía una copia de Unicornio (firmada por Silvio incluso). Cuál no sería mi sorpresa al descubrir dos ediciones del disco. Desde donde yo estaba le pregunté a viva voz el porqué (no le conocía esa devoción por la trova) y respondió que el disco firmado por Silvio era una reliquia, que no quería arriesgarse a dañarlo en el tocadiscos. Por eso había encargado a una amiga portuguesa que le trajera esa edición extranjera que yo acababa de descubrir. ¿Edición extranjera? Vaya, vaya, la vida te da sorpresas, Pedro Navajas. “Es bastante más buena que la nuestra”, remató el insensato antes de caer dormido, tal vez olvidando que yo había inventado, rescatado, esa obra maestra. Tal vez por puras ganas de hacerme rabiar. Sanamente motivado por la ilusión de oír cómo resonaba mi segundo en los intersticios de la melancólica lengua portuguesa, extraje el disco de su sobre de cartón y deposité la aguja en “El sol no da de beber”. Llené mi vaso, encendí un Populares y me apoltroné en el sofá, perfectamente ubicado al centro de la trama acústica generada por el sistema de altavoces.

“Unicornio” empezó a sonar poco antes de que concluyera mi tabaco. Me bastó escuchar el primer compás para comprobar que mi amigo estaba en lo cierto: el sonido era más limpio, sin fondo de fritura, la guitarra de Silvio daba la impresión de haber sido fabricada en cristales de Bohemia. Sensacional. En EGREM habíamos hecho todo lo posible con los medios a nuestro alcance, pero, claro, carecíamos de las excelencias tecnológicas del mundo desarrollado. Aun así, Unicornio era, hasta 1982, el disco de mejor calidad de grabación de toda la carrera del trovador. Al llegar la canción al estribillo, contuve el aliento y me encomendé a la Virgencita de la Caridad del Cobre. Silvio cantó “Se me ha perdido ayer” y mentalmente yo me puse a contar: “uno”, “dos”… … … El tres nunca llegó. Al cabo de míseros dos segundos, la voz de Silvio reapareció para cantar “Se fue”. Y eso fue todo. Sentí desfallecer. Se habían robado mi segundo. Lo habían eliminado. Extirpado sin dejar huella. Borrado de la historia universal como si nunca hubiese existido. Además, habían añadido unos tenues compases de piano, a manera de interludio instrumental. Llorando como un bebé meón, atravesado de lado a lado por el cuerno de añil de tan atroz desengaño, zozobré en agonía indescriptible hasta el final de la canción, en tensa espera de la repetición del estribillo. Durante interminables minutos, mientras Silvio contaba -un poco con amor, un poco con verdad- la historia de su relación con la fantástica criatura, di en atribuir a la borrachera un error en el conteo de los segundos. Y me sorprendí implorando al fantasma de mi padre para que, al volver a escuchar ese fatídico estribillo, mi precioso segundo estuviese allí donde tenía que estar. Decidí cronometrar la extensión del puente de silencio con los latidos de mi pulso. Así no habría error. Mi sangre no mentiría. Jamás. Arremangué mi camisa. Me quité el reloj. Esperé.
Fue inútil.

Me marché de aquella casa sin decir nada. Al día siguiente, a primera hora, hice algunas averiguaciones en EGREM. Los compañeros me explicaron que, para algunas ediciones extranjeras, ciertas compañías multinacionales habían exigido –por escrito, en el contrato- trabajar sobre las maquetas originales, para obtener así, según ellos, un sonido “más puro”, menos “intervenido” por las supersticiones (léase “torpezas”) de los técnicos nacionales. Y que, por tanto, había en el mundo unas cuantas decenas de ediciones de Unicornio reproducidas directamente desde las maquetas en bruto, sin masterizar, sin ecualizar: sin mi trabajo, en suma. Por supuesto, era bien sabido por todos que algunos gobiernos se tomaban la libertad de censurar canciones enteras. Eso era lo de menos. A mí me tiene perfectamente sin cuidado si algún tiranuelo se siente ofendido por “Pioneros” o por “La maza” y decreta que sean eliminadas del disco. Adelante, que el diablo pase y escoja. Pero que nadie se meta con mi segundo. Nadie.

Así comenzó La Maldición de Unicornio. A partir de aquella infausta noche, este disco se convirtió en una obsesión paranoica. Durante más de veinte años, Unicornio ha sido mi Catcher in the rye. Desde entonces, cada vez que descubro una copia que no me pertenece, que no he revisado, me paralizo, siento que me asfixio. Un temblor eléctrico me sacude. Debo adquirir el disco a cualquier precio. No pienso, no puedo pensar, en nada más. Lo compro aterrado, fuera de mí, sobresaltado por el pánico de que -en procura de sonido “más fiel”- vándalos sin nombre y sin sentido estético hayan destruido mi obra maestra, y que mi segundo haya sido expulsado de su fragilísimo sitial de gloria muda.

Por eso, cada vez que veo el disco en alguna tienda lo tengo que comprar. No sé cuántas copias poseo. Cintas, compactos, vinilos, DATS. Cientos, literalmente. No recuerdo en cuántas ocasiones me he peleado con amigos o conocidos, tras descubrir mi Grial en sus discotecas. He comprado mis Unicornios en Guayaquil, en Buenos Aires, en Madrid, en Camagüey e incluso en un duty free en algún lugar entre Londres y Jerusalén, ya ni recuerdo dónde. Amsterdam, quizás. O tal vez Lisboa.

Revisen sus copias de Unicornio. Escuchen con cuidado. Si la pausa entre “Se me ha perdido ayer” y “Se fue” no dura tres segundos exactos, lamento decirles que han sido víctimas de un fraude. Les han vendido una Venus de Milo con brazos, una Mona Lisa con bigotes.

¿Se oye el silencio?
¿O es que llamamos silencio a cada uno de esos puntos muertos de donde ningún sonido emana?
¿Existen otros silencios al interior del silencio?

Según informa la Astrofísica, en el espacio exterior reina el silencio. Al no haber aire, no puede haber sonido. Lo cual quiere decir que el silencio es la música del Universo. ¿Cuántos silencios caben en un segundo de silencio? Silencio suicida, silencio creador. Silencio de madres que acaban de dar a luz, silencio de amantes despechados. Silencio de soledades, silencio de multitudes. Silencio de no poder parar de hablar, silencio de no tener ya nada que decir. Silencio de locos, silencio de cuerdos. Silencios calculados. Silencios espontáneos. Silencio de pánico, silencio de alegría. Silencios cuadrados, silencios elípticos. Silencios culposos. Silencios de la inocencia. Silencio de amantes que duermen luego del amor, silencio de aquél que no puede dormir por pensar en una mujer. Silencio incómodo. Envenenado. Obligado. En el principio fue el silencio. Silencio monumental. Oceánico. Municipal. Y ese silencio de Dios que Bergman estuvo a punto de capturar en celuloide. Silencio de mortecinas babas de luna atravesando los pinos de Kensington Gardens para estrellarse impávidas contra mi ventana. Ahora ya todo es silencio.

Si, como soñó Oscar Wilde, todas las artes aspiran a la condición de música, entonces toda música digna aspira, necesariamente, a la condición de silencio.

Cuando yo no sea ya ni recuerdo, lo sé, allí estará mi segundo: invicto, inmaculado, latiendo por los siglos de los siglos. Será, de algún modo, como no haberse ido nunca. No habré vivido en vano.


Este texto pertenece a un Silviófilo. Lo envió para un concurso de poesía y prosa. Autografiaba "Ranita de Fábula". Me encantó, por eso lo comparto con mis anónimos lectores... Como anónimo era el autor...

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