Hace unos meses vi una película con Mel Gibson. No la
había visto antes. Y no es nueva. Gibson está bastante joven todavía. La cara
de loco, los ojos saltones, el verbo torrencial que arrastra palabras
masculladas al desgano; todos esos rasgos y gestos, que hoy son su marca
registrada, dan la impresión de estar siendo apenas estrenados. Si no estoy
mal, en esa película también sale Julia Roberts. Pero ella no importa.
Mel es un cocinero, o taxista, no me acuerdo bien (me
parece que lo confundo con De Niro en Taxi Driver). El caso es que, sea
cual fuere su oficio, él padece una extraña compulsión: toda vez que encuentra
un ejemplar de Catcher in the rye, la novela de culto de J. D. Salinger,
tiene que comprarlo. Así se caiga el cielo, tiene que comprarlo. Así no le
quede dinero ni para comer, tiene que comprarlo. Y por eso en su casa hay
cientos y cientos de ejemplares de ese libro. Sobre el sofá, en los estantes
para víveres, dentro de la lavadora, bajo su cama, entre la ropa sucia.
Cientos, literalmente.
No sabemos para qué los compra. Únicamente sabemos lo que
en un instante clave de la película Mel confiesa en primer plano: así como
algunas mujeres no pueden festejar el Año Nuevo si no llevan bragas rojas, él
sufre la imperiosa necesidad de adquirir cada ejemplar de Catcher in the rye
que se cruce en su camino. No es que salga deliberadamente a comprar copias
de esa novela. No. La compulsión funciona al arbitrio del azar. Si Gibson va
por ahí y ve un ejemplar, en una parada del metro, pongamos por caso, o en una
tienda de barrio, o cerca de la caja registradora de un supermercado, entre
condones fosforescentes y navajas de afeitar a mitad de precio, no puede
hacerse el tonto y seguir su camino como si no pasara nada: debe adquirir ese
ejemplar. Si no lo hace, el delgado hilo que sostiene el precario equilibrio
del mundo puede reventarse y eso fue todo, chau, no va más, “hasta la vista,
baby”.
A veces compra cuatro o cinco libros en un mismo día. Otras,
pasa meses y meses sin adquirir un solo ejemplar. No se trata, pues, de una
excéntrica manía coleccionista. No es que él busque ediciones raras, de
circulación limitada (que sólo algunos pervertidos fetichistas del texto
impreso pueden adquirir). No son pocas las veces que ha comprado sus Catchers
en insomnes librerías de viejo, cerca de la madrugada. Ejemplares
desvencijados, con dedicatorias de todo calibre y páginas cortadas y párrafos
subrayados y pétalos marchitos intercalados como señaladores aquí y allá. No,
eso no le importa. En lo más mínimo. Basta que sea Catcher in the rye:
él siente que debe poseer cada ejemplar que el azar le ponga en frente. Sin
dilación. La palabra clave, me parece, es poseer. Poseer lo inapresable, claro
está, ya que ¿cómo podría nunca nadie poseer Catcher in the rye?
Ese detalle, insólito, delirante, sutilísimo, es, por
varias cabezas, lo mejor del film. Y es una verdadera pena que el director no
nos haya regalado una escena en la que podamos observar cómo reacciona Mel
Gibson cuando el paisaje de su cotidianidad neoyorquina es despedazado, hecho
añicos, por la epifánica irrupción de un ejemplar de Catcher in the rye entre
todo el gris.
Tal vez sea mejor así. Tal vez de ese modo podemos
imaginar la inexistente escena como más nos guste, a salvo de las amenazas de
la chata realidad.
La noche que vi la película de Gibson me acompañaban unos
amigos. Fue una noche de pizza, vinos y charla hasta tarde, rumiando los
típicos chismes de latinos perdidos en Londres, sobre las cosas que pasan, las
que no pasan, las que ya nunca pasarán. Esa misma noche me llamó la atención
que a todos los presentes el personaje de Gibson les resultara cómico,
patético. Cuando no directamente idiota. O borde. Incluso hubo uno que opinó,
muy orondo, que el personaje de Mel era “imposible”. Yo no dije nada. No tenía
sentido. En esos momentos, al escuchar sus insistentes, descoloridas,
invectivas, descubrí, sin sorpresa, que yo me sentía más cerca de aquel
personaje de Mel Gibson que de todos y cada uno de mis amigos. Supongo que lo
que sentí no fue muy distinto que aquello que Mel experimentaba cada vez que el
azar ponía en sus manos un nuevo ejemplar de su novela fetiche. Supongo.
Vaya uno a saber.
***
Datos, trazos sobre papel sepia, la vida del otro que
fui. Vidas de esos otros que fui y cada tanto vuelven a vivir en mí. 1980. La Habana. Luego de
varios años de zozobra, me contratan en EGREM como ingeniero de sonido. Venía
bien recomendado. Pronto escalé posiciones y cuando vine a darme cuenta era uno
de los más solicitados técnicos de grabación del país. Fines de 1981. Verano
infernal. Muere mi padre. Su muerte, escala final de una larga y penosa
enfermedad, no fue sorpresiva y tal vez por ello no me afectó en gran medida. O
al menos así lo sentí las primeras semanas. Poco a poco, sin embargo, la
sensación de pérdida fue creciendo hasta que llegó un punto en que esa ausencia
lo inundaba todo. Como si antes yo hubiese estado bajo shock y me hubiese
inmunizado, blindado, ante el espanto. 1982. Primeras semanas del año. Yo acabo
de mezclar y producir el disco más importante de toda la carrera de Gonzalito
Rubalcaba. Me llueven elogios de todos lados. Incluso del exterior. Si hasta me
dedicaron todo un número en la máxima revista de jazz del mundo; pero, ironías
de la vida, de esto me enteré mucho más tarde, recién cuando Ry Cooder vino a
la isla a hacer su documental sobre el club Buena Vista (1). A mi viejo le
habría gustado ver mi nombre en la portada de esa revista. Vaya que sí. En esas
maromas ocupaba yo mis horas, y un día viene Frank Fernández junto al notable
pianista y compositor José María Vitier y ambos me entregan las maquetas del
nuevo trabajo de Silvio Rodríguez. El álbum saldría ese mismo año, 1982, bajo
el título Unicornio.
Muchas cosas habrían de pasar entre el día que recibo
aquellas maquetas y el día feliz en que al fin recibimos la primera copia
grabada en vinilo, con el arte final de tapa y todos los detalles del caso.
Muchas cosas habrían de pasar entre el día que recibo las maquetas y esta
noche, leve, londinense, propicia al danzar de los duendes de la memoria.
Recibí las maquetas con desgano. Y como no había apuro
(estábamos enfrentando -una vez más- una crisis colosal), las dejé por ahí,
como quien espera que el ánimo mejore, que la luna brille con más intensidad.
Lo que es decir: como quien espera que venga otro a hacerse cargo del saco de
ladrillos. Es que Silvio nunca me gustó. Su voz, tan precaria, tan rústica, tan
poco entrenada. Su forma de tocar la guitarra, tan frankensteiniana (lo dice él
mismo, sin rubores). Y sus letras, por Yemanyá, si no las entiende ni él. De
modo que dejé esos inoportunos demos por ahí, convenientemente olvidados.
Mentiría si digo que había comprado algún disco suyo antes de Unicornio.
Tal vez había más de una cinta en mi departamento, o en casa de mis padres,
pero de seguro no eran mías. De mis hermanos menores, quizás, que siempre le
siguieron la huella de cerca.
Al cabo de unas semanas, el director de la orquesta de
EGREM vino a preguntar por el estado del trabajo. Que en cuántas pistas se iba
a grabar, que si los metales no reverberaban, que si sería necesario re-grabar
alguna parte, que esto, que lo otro. Era la primera vez que ellos trabajaban
con Silvio y se salían de la vaina por escuchar el disco de una buena vez.
Silvio ya era una leyenda viva, incluso entonces, cuarto
de siglo atrás. Recluso, malhumorado, dado a desplantes duros de tragar para su
público, pero uno de nuestros genios vivientes. Trabajar con él, para cualquier
músico de la isla, era el equivalente a retocarle la barba al Comandante en
Jefe para un aprendiz de peluquero.
No tuve más remedio que escuchar esas maquetas del
demonio y tratar de empezar a trabajar en lo que sería el disco. No podía
permitir que por un capricho mío se perjudicaran tantos compañeros. De eso se
trata ser profesional: dar lo mejor que tienes aun si no te gusta el material
en el que trabajas. Nunca entendí lo que pasó. Ni cómo pasó, ni cuándo pasó. Y
vaya si habré pensado en ello. Terminé de escuchar esas cintas y súbitamente
algo oscuro, sin nombre, sin rumor, me golpeó muy hondo. Tan simple como eso.
Decirlo es fácil, en todo caso. Pero una cosa es una cosa y otra cosa es otra
cosa. Y una rosa es una rosa es una rosa es una rosa.
A los vinilos había que pensarlos como una obra de teatro
en dos actos. Las generaciones nacidas bajo la tiranía del CD no entienden nada
de esto, ya que el CD convierte en maratón algo que fue estructurado para
carrera de relevos. Y por eso hay muchos discos que como vinilos son obras
maestras, pero que en CD se caen un poco bastante. The dark side of the moon,
de Pink Floyd, por ejemplo, no se puede apreciar en toda su gloria en CD. Y ni
hablemos de los niveles de sonido que la transferencia digital ignora. Eso es otra
charla.
Hay una razón, una apuesta estética, para que X canción
vaya de número 1 y otra razón (o la misma) para que Z canción vaya de número 7.
La canción de cierre es tan importante como la de apertura, si no lo es más. Si
la canción de apertura es el ataque comando que te golpea la cara como un
puntapié de abejas, la canción final da forma definitiva a la presencia
espectral que continúa con nosotros cuando el disco ha dejado de sonar.
Más allá de las demandas técnicas, en el proceso de
post-producción se trata de alcanzar un balance. Una atmósfera. Este detalle
marca la diferencia entre los discos bien producidos y los otros. Es allí donde
entra en escena la pericia (simbiosis de intuición y experiencia) del técnico
de grabación, del jefe de producción. No existen fórmulas generales, con cada
nuevo proyecto se empieza siempre desde cero. Es una tarea muy delicada. Tengo
entendido que hoy por hoy Silvio lo supervisa todo personalmente, sin delegar
nada a nadie. Hace bien, supongo.
Yo mezclé, ecualicé y remastericé el disco. Jerzy Belc
supervisó mi trabajo y acaparó los laureles. Nunca pude hablar con Silvio
durante aquel verano. Estaba de gira, me dijeron. De todos modos, siempre
estuvo claro, fuera de discusión, que el disco debería abrir con “Por quien
merece amor”. No estoy seguro, hasta hoy, de que “La primera mentira” (canción
a la que yo llamo “La mosca en la sopa”) pertenezca allí, en ese disco, ni en
ese lugar del lado B; la peleé hasta lo último, pero Jerzy y Vitier no
quisieron escuchar mis alegatos. Excepto ésta, todas las otras canciones ocupan
un preciso lugar en la arquitectura de ese diamante inasible y perpetuo (o
perpetuamente inasible) que es Unicornio.
Originalmente, las pistas tenían un orden totalmente
distinto a la secuencia que finalmente le dimos al disco. El orden, si había
alguno, era el de la cronología de sesiones de grabación, en el estudio. Para
entrar en materia, escuché un par de canciones elegidas a ciegas entre las
cajas repletas de cintas. Sin darme cuenta, contra todo pronóstico,
instantáneamente empecé a sentir respeto por ese inmenso duende. Un respeto
inédito que me brotaba de los cojones. No sólo que Silvio Rodríguez había
llegado mucho más lejos que toda la Nueva Trova, sino que había logrado superar
incluso a Silvio Rodríguez (hazaña casi olímpica si se tiene en cuenta que este
tímido músico había lanzado previamente los discos Mujeres y Días y
flores). Apenas luego sucedió que no pude dejar de escuchar esas canciones.
Hora tras hora, día tras día, por un par de semanas no hice más que dejarme
absorber por el nuevo trabajo. De más de una manera, esa música virgen existía
solamente para mí. No lo comenté con nadie. Ni siquiera con mi pareja de
entonces, una rematada loca por Silvio de toda la vida. Me sentía sobrepasado
por la belleza del disco, su ternura dolorida, su poesía radiante y sin
alardes. Y, sobre todo, por mi misión ante la Historia. De pronto,
por una carambola de azares durante el bostezo de una supernova, yo era un
elegido.
Y sin embargo, sin embargo, algo no cuajaba. Había un
mínimo detalle, escondido en algún lugar de esas maquetas, que arruinaba todo
el disco. Había un punto de fuga, en alguna parte, que traicionaba la
rabiosamente dulce entrega de Silvio.
Más escuchaba el disco y más me hería ese defecto, esa
falta. No podía permitir que Unicornio saliera al mundo en tales
condiciones. Pensé que jugando con el orden de las canciones lograría
restablecer esa unidad malograda, ese utópico estado óptimo, inmejorable, de la
obra. Todo fue en vano. “Se te van a secar los sesos de tanto escuchar esas
cintas de mierda”, me decía mi pareja, ignorante de todo, en noches y noches de
sexo postergado por culpa de mi oscura obsesión. Se trataba de cuidar mi lugar
en la Historia. Las
mujeres podían esperar.
***
Una noche trivial, luego de atiborrarnos de helado en
Coppelia (casi siempre estaba cerrado, así que tenías que aprovechar cuando por
milagro abrían), caminando por Trocadero de regreso a casa, una idea vino a mi
mente y descubrí dónde coños estaba el maldito error que estropeaba esa obra
casi perfecta, ese cristalino destilado de “arte en su edad”. Distraída, ella
había hecho un comentario, no recuerdo a santo de qué, sobre los 18 segundos
que la luz del Sol tarda en llegar a la Tierra. Yo debo haber saltado con alguna
tontería, a lo que ella replicó, juguetona, que si fueran 25 o 30 segundos
todos llegaríamos tarde al trabajo. Que esos 18 segundos exactos mantenían el
equilibrio del mundo tal como lo conocemos. Esa tontería, esa nada de amantes paseando
bajo la perezosa luna de los trópicos, fue todo lo que necesitó mi esmirriada
imaginación para incendiarse. Fue como despertar de un letargo de siglos.
No recuerdo bien qué pasó inmediatamente después. Todo
luce tan lejano y difuminado ahora… Tal vez dejé a mi pareja en mitad de la
calle y corrí, sucio y feliz, hacia mi consola, mis equipos de grabación. O
acaso sonreí para mis adentros y me la llevé a una de las playas que nos están
prohibidas nomás por el delito de ser cubanos y, sin importarme nada de los
servicios represivos, le hice el amor toda la noche. Todo pudo haber pasado.
Cuando descubrió su principio de hidráulica, mientras se bañaba en una tina,
Arquímedes salió por las calles desnudo y a los gritos de “eureka, eureka”,
¿verdad?
Todo el problema de ese disco estaba en la canción
“Unicornio”.
Específicamente: en el estribillo.
Más precisamente: al cierre del estribillo.
Nadie ignora que el clímax de la canción ocurre cuando
Silvio canta “Se me ha perdido ayer”, hace una pausa y concluye, casi en un
hilo de voz, susurrando “Se fue”. Bueno, ejem, que estaba mal. Totalmente mal.
Impajaritablemente mal. MAL. Súperarchirrecontramal. No notan ahora lo
defectuosa que era la maqueta porque yo llegué antes y pude salvar el disco de
la debacle más rotunda; pero en el verano de 1982, apenas horas antes de entrar
a prensado, el disco Unicornio de Silvio Rodríguez caminaba a tientas
por los desfiladeros del fracaso absoluto.
Un compositor de pocas luces (un Arjona, un Milanés, un
José Vélez), habría cantado “Se me ha perdido ayer”, hecho una pausa y luego
rematado la estrofa repitiendo las sílabas finales de la frase anterior. Un
compositor menor no habría sentido la necesidad poética, cósmica, de ese “Se
fue”. Silvio Rodríguez es diferente, es un artista que ha sido tocado por Las
Gracias. Silvio intuyó que no podía caer en la torpeza conceptual de hacerse
eco a sí mismo. No en esta canción, al menos. Observen cómo Silvio se hunde
para extraer de los laberintos de su dolor aquel “Se fue” insustituible. Luego
de ese adiós, humilde, impecable, el lenguaje no alcanza para nada. Por ello,
el descenso al olvido que sigue a esta frase es acompañado por un tralaleo.
Silvio deja ir esa presencia irrecuperable balbuceando una forma anterior al
lenguaje articulado como quien arroja una flor sobre el ataúd alojado en el
fondo del foso antes de que caiga la primera palada de tierra.
En ese momento de la canción, “Se fue” verbaliza el
instante de aceptación de la pérdida inconmensurable. Se siente más el poder de
esta despedida en las grabaciones en vivo, cuando la gente se pliega a la voz
de Silvio y pronuncia el adiós redentor en trance de purificación colectiva.
Nótese que jamás la gente se une a Silvio en otro lugar de la canción. Jamás.
Esa es la explicación: la elaboración mágica del duelo y la aceptación final de
la pérdida innombrable condensadas en dos monosílabos. Había perdido a mi
padre, no lograba hacerme a la idea de habitar este mundo sin él; todo ello
tiene que haber actuado allí, todo ello tiene que haber afilado mis
intuiciones.
***
¿Se oye el silencio? Para que ese “Se fue” lograse
impactar con toda su intrínseca potencia poética, consideré necesario que en la
geografía emocional del oyente se creara previamente un lugar adecuado para brindar
residencia y cobijo a ese adiós inefable. Puesto que no podía contactar a
Silvio, tuve que arreglármelas yo solo.
El demo que me entregaron tenía una duración exacta de
cinco minutos y ocho segundos. Aislé el estribillo, lo estudié, lo cronometré
repetidas veces. Al cabo de varias horas de analizar el fragmento al derecho y
al revés, todas mis vacilaciones se habían esfumado. Era imposible que la
canción lograra llegar a ese lugar de la emoción si el umbral de silencio
emplazado entre las frases “Se me ha perdido ayer” y “Se fue” era mantenido tal
y como estaba registrado en aquellas maquetas. Apenas dos segundos. ¡Dos
segundos! No, no, mil veces no. No era suficiente. No podía entender cómo
Silvio Rodríguez no había advertido un error tan grueso. Este bache no era
producto de un descuido. Dos segundos marcan tan solo una pausa en la
respiración. Dos segundos no transportan sentido, no alcanzan tampoco a crear
silencio.
Decidí que entre esos dos segundos inanes, torpes,
accidentales, yo añadiría un segundo. No un segundo más, un segundo cualquiera,
sino el segundo preciso, el segundo esencial, el segundo del que dependía el
éxito de Unicornio en su totalidad.
En atención a las reverberaciones de la voz y de la
orquesta, no podía añadir este segundo al comienzo de la pausa, tampoco al
final. Tenía que insertar este segundo prístino, inmaculado, diamantino, en el
centro de la pausa. Al hacer esto, desaparecía la pausa y surgía un puente de
tres segundos de duración.
Todo cambió como por encanto.
Burbuja que encierra el aire dentro del aire, pulso
titilante en el que caben insospechados mundos, dique de nada, mi segundo es
una pizca de silencio de laboratorio. Un segundo de ingeniería. Es un segundo
de una perfección casi inconcebible. Mi segundo es un instante preñado de
intención, caído por su propio peso. Mi segundo es un latido inflamado de
causalidad. No es un instante inhabitado. Es mucho más que cien centésimas de
tiempo humano condensadas en un átomo de vacío. Si el átomo de tiempo existe,
mi segundo es ese átomo.
Ese segundo que yo concebí en el verano de 1982 condensa
todo el arte de Silvio Rodríguez hasta ese momento y define, de hecho, la
música que el trovador nos regalaría en lo sucesivo. Ese segundo, en fin,
justifica mi vida.
¿Es el silencio una de las formas de la nada? Puesto que
el estribillo de “Unicornio” es cantado dos veces, sin variaciones, mi segundo
también se repite. Es el mismo segundo y no lo es. ¿Se copia el silencio a sí
mismo? Para la edición definitiva del disco, elegí el mejor estribillo de todos
los que había masterizado y lo copié dos veces. Son idénticos. Cualquier oyente
lo sabe.
¿Se puede oír el silencio? Al cerrar el mensaje de la
contraportada del vinilo, Silvio escribió: “Es extraño, pero alguna gente ve
cosas donde no las hay, o lo que es peor: no pueden ver las cosas que
ciertamente existen”. Doy fe. A veces oímos cosas donde no hay nada. Y a veces
no oímos verdades que se manifiestan a los gritos. Y a veces oímos cosas que
deberían estar allí donde no alcanzamos a escuchar nada. Ni siquiera el
silencio. ¿Es el silencio una de las formas del ser?
La versión definitiva de “Unicornio” dura cinco minutos y
nueve segundos. Vale decir, trescientos nueve segundos. Y si bien ninguno de
esos segundos es igual a otro, mi segundo brilla con luz elegida: es
inconfundible. Para decirlo con Vallejo, mi segundo aturde con su “estruendo
mudo”.
Silvio mismo ha confesado, en innúmeras entrevistas,
cosas como: “Algo pasó esa vez en el estudio, con los muchachos de la orquesta
de EGREM. Un ángel entró, batió las alas y operó una magia elevada, una suerte
de milagro. Hubo algo que hizo algo. Lo cierto es que nunca he podido
reproducir lo que hay en el disco. Ni por un tantito así. Siempre que canté
“Unicornio” en algún concierto, acabé con esa sensación extraña de no haber
logrado establecer con el ángel una comunicación siquiera similar a la de
aquella remota mañana de 1982. Brutal desolación. Desamparo. No se puede
explicar. Por eso prefiero no cantarla”. (2)
Gracias Silvio por lo de ángel. Y perdón, pero te
equivocas: no fue en el estudio de grabación, sino durante post-producción;
tampoco ocurrió de mañana sino bastante tarde en la noche, de madrugada; y no
hubo un gran grupo de gente, no, qué va, estaba yo solo, solito y mi alma,
cuando ocurrió aquello que tú, gnomo ingenuo, denominas “una suerte de
milagro”.
No soy víctima de la pedantería de la modestia, por ello
puedo afirmar que lo que hay de mágico en el disco es muy difícil de encontrar
en posteriores versiones de “Unicornio”. Muchas de estas copias son piratas,
defectuosas en sonido. Silvio se acompaña con la guitarra o con ruidosos grupos
circunstanciales. La versión con piano solista de Chile 90 es notable,
pero por distintas razones: sospecho que los sentimientos que esa noche
estremecían los cimientos del Estadio Nacional levantaron la canción hasta
hacerla llegar a las galaxias más lejanas.
***
Los días siguientes al lanzamiento oficial del disco
fueron los más jubilosos de toda mi vida. De lejos. Un sentimiento de
propósito, de sentido vital, inflamaba mi pecho. Tiempo después, a fines de
1984, recibí una invitación para irme a trabajar en el Reino Unido y la acepté
sin pensarlo mucho. Nada me ataba a Cuba en lo inmediato. Necesitaba tomar
distancia. Por lo demás, si la nostalgia me doblegaba, siempre podía volver a
EGREM. Un par de días antes del viaje hubo una cena de despedida. Concluidas
las formalidades, nos fuimos a seguir bebiendo a casa de uno de mis amigos más
antiguos. En algún momento de la madrugada, luego de ser masacrado con sones y
boleros durante horas sin término, me dirigí hacia el estante donde mi amigo
guardaba sus discos, sabiendo que él tenía una copia de Unicornio
(firmada por Silvio incluso). Cuál no sería mi sorpresa al descubrir dos
ediciones del disco. Desde donde yo estaba le pregunté a viva voz el porqué (no
le conocía esa devoción por la trova) y respondió que el disco firmado por
Silvio era una reliquia, que no quería arriesgarse a dañarlo en el tocadiscos.
Por eso había encargado a una amiga portuguesa que le trajera esa edición
extranjera que yo acababa de descubrir. ¿Edición extranjera? Vaya, vaya, la
vida te da sorpresas, Pedro Navajas. “Es bastante más buena que la nuestra”,
remató el insensato antes de caer dormido, tal vez olvidando que yo había
inventado, rescatado, esa obra maestra. Tal vez por puras ganas de hacerme
rabiar. Sanamente motivado por la ilusión de oír cómo resonaba mi segundo en
los intersticios de la melancólica lengua portuguesa, extraje el disco de su sobre
de cartón y deposité la aguja en “El sol no da de beber”. Llené mi vaso,
encendí un Populares y me apoltroné en el sofá, perfectamente ubicado al centro
de la trama acústica generada por el sistema de altavoces.
“Unicornio” empezó a sonar poco antes de que concluyera
mi tabaco. Me bastó escuchar el primer compás para comprobar que mi amigo
estaba en lo cierto: el sonido era más limpio, sin fondo de fritura, la
guitarra de Silvio daba la impresión de haber sido fabricada en cristales de
Bohemia. Sensacional. En EGREM habíamos hecho todo lo posible con los medios a
nuestro alcance, pero, claro, carecíamos de las excelencias tecnológicas del
mundo desarrollado. Aun así, Unicornio era, hasta 1982, el disco de
mejor calidad de grabación de toda la carrera del trovador. Al llegar la
canción al estribillo, contuve el aliento y me encomendé a la Virgencita de la Caridad del Cobre. Silvio
cantó “Se me ha perdido ayer” y mentalmente yo me puse a contar: “uno”, “dos”…
… … El tres nunca llegó. Al cabo de míseros dos segundos, la voz de Silvio
reapareció para cantar “Se fue”. Y eso fue todo. Sentí desfallecer. Se habían
robado mi segundo. Lo habían eliminado. Extirpado sin dejar huella. Borrado de
la historia universal como si nunca hubiese existido. Además, habían añadido
unos tenues compases de piano, a manera de interludio instrumental. Llorando
como un bebé meón, atravesado de lado a lado por el cuerno de añil de tan atroz
desengaño, zozobré en agonía indescriptible hasta el final de la canción, en
tensa espera de la repetición del estribillo. Durante interminables minutos,
mientras Silvio contaba -un poco con amor, un poco con verdad- la historia de
su relación con la fantástica criatura, di en atribuir a la borrachera un error
en el conteo de los segundos. Y me sorprendí implorando al fantasma de mi padre
para que, al volver a escuchar ese fatídico estribillo, mi precioso segundo
estuviese allí donde tenía que estar. Decidí cronometrar la extensión del
puente de silencio con los latidos de mi pulso. Así no habría error. Mi sangre
no mentiría. Jamás. Arremangué mi camisa. Me quité el reloj. Esperé.
Fue inútil.
Me marché de aquella casa sin decir nada. Al día
siguiente, a primera hora, hice algunas averiguaciones en EGREM. Los compañeros
me explicaron que, para algunas ediciones extranjeras, ciertas compañías
multinacionales habían exigido –por escrito, en el contrato- trabajar sobre las
maquetas originales, para obtener así, según ellos, un sonido “más puro”, menos
“intervenido” por las supersticiones (léase “torpezas”) de los técnicos
nacionales. Y que, por tanto, había en el mundo unas cuantas decenas de
ediciones de Unicornio reproducidas directamente desde las maquetas en
bruto, sin masterizar, sin ecualizar: sin mi trabajo, en suma. Por supuesto,
era bien sabido por todos que algunos gobiernos se tomaban la libertad de
censurar canciones enteras. Eso era lo de menos. A mí me tiene perfectamente
sin cuidado si algún tiranuelo se siente ofendido por “Pioneros” o por “La
maza” y decreta que sean eliminadas del disco. Adelante, que el diablo pase y
escoja. Pero que nadie se meta con mi segundo. Nadie.
Así comenzó La Maldición de Unicornio. A partir de
aquella infausta noche, este disco se convirtió en una obsesión paranoica.
Durante más de veinte años, Unicornio ha sido mi Catcher in the rye.
Desde entonces, cada vez que descubro una copia que no me pertenece, que no he
revisado, me paralizo, siento que me asfixio. Un temblor eléctrico me sacude.
Debo adquirir el disco a cualquier precio. No pienso, no puedo pensar, en nada
más. Lo compro aterrado, fuera de mí, sobresaltado por el pánico de que -en
procura de sonido “más fiel”- vándalos sin nombre y sin sentido estético hayan
destruido mi obra maestra, y que mi segundo haya sido expulsado de su
fragilísimo sitial de gloria muda.
Por eso, cada vez que veo el disco en alguna tienda lo
tengo que comprar. No sé cuántas copias poseo. Cintas, compactos, vinilos,
DATS. Cientos, literalmente. No recuerdo en cuántas ocasiones me he peleado con
amigos o conocidos, tras descubrir mi Grial en sus discotecas. He comprado mis
Unicornios en Guayaquil, en Buenos Aires, en Madrid, en Camagüey e incluso en
un duty free en algún lugar entre Londres y Jerusalén, ya ni recuerdo dónde.
Amsterdam, quizás. O tal vez Lisboa.
Revisen sus copias de Unicornio. Escuchen con
cuidado. Si la pausa entre “Se me ha perdido ayer” y “Se fue” no dura tres
segundos exactos, lamento decirles que han sido víctimas de un fraude. Les han
vendido una Venus de Milo con brazos, una Mona Lisa con bigotes.
¿Se oye el silencio?
¿O es que llamamos silencio a cada uno de esos puntos
muertos de donde ningún sonido emana?
¿Existen otros silencios al interior del silencio?
Según informa la Astrofísica, en el espacio exterior reina el
silencio. Al no haber aire, no puede haber sonido. Lo cual quiere decir que el
silencio es la música del Universo. ¿Cuántos silencios caben en un segundo de
silencio? Silencio suicida, silencio creador. Silencio de madres que acaban de
dar a luz, silencio de amantes despechados. Silencio de soledades, silencio de
multitudes. Silencio de no poder parar de hablar, silencio de no tener ya nada
que decir. Silencio de locos, silencio de cuerdos. Silencios calculados.
Silencios espontáneos. Silencio de pánico, silencio de alegría. Silencios cuadrados,
silencios elípticos. Silencios culposos. Silencios de la inocencia. Silencio de
amantes que duermen luego del amor, silencio de aquél que no puede dormir por
pensar en una mujer. Silencio incómodo. Envenenado. Obligado. En el principio
fue el silencio. Silencio monumental. Oceánico. Municipal. Y ese silencio de
Dios que Bergman estuvo a punto de capturar en celuloide. Silencio de
mortecinas babas de luna atravesando los pinos de Kensington Gardens para
estrellarse impávidas contra mi ventana. Ahora ya todo es silencio.
Si, como soñó Oscar Wilde, todas las artes aspiran a la
condición de música, entonces toda música digna aspira, necesariamente, a la
condición de silencio.
Cuando yo no sea ya ni recuerdo, lo sé, allí estará mi
segundo: invicto, inmaculado, latiendo por los siglos de los siglos. Será, de
algún modo, como no haberse ido nunca. No habré vivido en vano.
Este texto pertenece a un Silviófilo. Lo envió para un concurso de poesía y prosa. Autografiaba "Ranita de Fábula". Me encantó, por eso lo comparto con mis anónimos lectores... Como anónimo era el autor...